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Psicologia de la conducta compulsiva

Psicologa Social María Mondelli - Autora

No puedo dejar de ...
Conductas compulsivas

Por María Adela Mondelli
mondelli@vivirmejoronline.com.ar

 

Primero vamos a diferenciar las conductas compulsivas a las que hoy nos vamos a referir,  del Trastorno Obsesivo Compulsivo y otras  patologías inhabilitantes para la persona, que requieren de intervención psiquiátrica.

Las conductas compulsivas vamos a definirlas como el impulso a llevar adelante una acción que tiene su origen en tensiones emocionales que buscan ser calmadas por el exceso que representa ese mismo impulso que genera el acto.

El "exceso" se caracteriza, precisamente, por no tener medida; por ser disparado siempre hacia un poco más, para cumplir su condición excesiva. Por lo tanto esas tensiones emocionales que buscarían calmarse a través de él, nunca encontrarán su medida para saciarse. Siempre irán por más.

La época que nos toca vivir es particularmente propicia a que las tensiones emocionales busquen respuesta en el exceso a modo de consumo. Un exceso que nos excede. Un consumo que nos consume.

 

Carlos piensa que su esposa lo engaña, y comienza una vigilancia sobre sus llamadas  telefónicas, mensajes de texto  y mails. No encuentra dato que le confirma su sospecha, sin embargo esto no lo persuade sino todo lo contrario, lo impulsa a cada vez perfeccionar su vigilancia. "Siento que no puedo dejar de controlar qué hace mi esposa ni de dejar de pensar que me engaña".

Mabel sufre de obesidad. En su lucha contra ella descubre que no puede diferenciar el hambre de las ganas de comer. "Concientemente se  -dice- que después  de terminar la porción que tengo en el plato no sigo comiendo por hambre, sin embargo no puedo detenerme antes de vaciar la fuente".

Sandra es una madre amorosa y preocupada por la crianza de su hijo, sin embargo no puede evitar estirar la mano y darle un cachetazo cada vez que el niño parece no comprender alguna indicación que ella le da.

 

Desde enojarse porque el hijo no mantienen la simetría de los libros en el estante; estar pendiente de los adelantos tecnológicos para adquirir lo último; ejercer hipervigilancia sobre subalternos o superiores o vivir controlando cuestiones relativas a la seguridad o los arreglos del automovil. Los ejemplos cotidianos de conductas compulsivas son muchos y van desde situaciones vanales hasta algunas que traen serias consecuencias para si y para quienes rodean a la persona.

Lo que une a quienes las padecen es un sentimiento respecto de estas acciones propias :  no existe justificativo objetivo para la cantidad y frecuencia de los actos que realizan, y sin embargo les aparecen como inevitables y que ni siquiera necesitan explicación para realizarlos. La explicación siempre queda fuera de si mismo : es porque ella lo engaña, porque la comida está rica, porque el niño se porta mal. Un sujeto que aparece ausente de la responsabilidad sobre su propia acción.

Todos sienten frustración, enojo, ansiedad y desesperanza, y esto los avergüenza y los deja con sentimientos de soledad.  Esta combinación los lleva a sufrir un deterioro progresivo de la calidad de sus vidas, afectando su salud física y psicológica, y las áreas individual, familiar y social de su desarrollo.

 

La conducta compulsiva se caracteriza por el impulso que siente el sujeto a realizarla, buscando calmar en el exceso de ese acto una tensión que le provoca una angustia cuyo origen se desconoce. El acto busca calmar -y también enmascara- la causa de la angustia, motor del acto mismo. Un círculo vicioso, una trampa.

 

En el afán de controlar esas acciones -y también en algunos procesos terapéuticos que por allí (entiendo que erróneamente) se encaminan-  se van buscando sustitutos que alargan el sufrimiento y van convenciendo a la persona de que no hay solución para la frustración que le genera la conducta compulsiva.

Carlos deja de mirar los mensajes de su esposa porque lo siente éticamente reprochable, pero ahora se conecta al gps del auto varias veces al día para seguir sus recorridos. Mabel ya no se come toda la fuente, pero mastica chicles todo el día, o no falta a alguna sala de juegos semanalmente donde arriesga el ingreso familiar  . Sandra ya no le pega al niño, pero asume conductas abandónicas. Y así podríamos ir encontrando muchas otras modalidades de trasladar la compulsión de un lugar a otro de nuestra vida cargando con la angustia y la frustración.

A veces esto es funcional durante un tiempo. Carlos sufre menos con el gps que mirando los mensajes del teléfono. Sufre menos porque ya no corre riesgo de que su esposa se entere, y porque se siente un poco menos culpable. Sin embargo el mecanismo utilizado sigue siendo el mismo. Así, la angustia parece menor durante un tiempo, pero pronto se reinstalará porque Carlos sigue siendo esclavo de esa conducta compulsiva que reclama satisfacerse en el exceso y que por definición de "exceso" nunca se podrá saciar.

En general creemos que es encontrándole una explicación a lo que sentimos, como podremos controlar lo que hacemos. Y así es y a eso hay que tender en un estado saludable. Pero cuando lo que hacemos ha quedado desprendido en su sentido de lo que sentimos -y este es el caso de la conducta compulsiva- lo que hacemos obstruye el camino hacia lo que sentimos, tapa lo que sentimos. Es que lo que sentiríamos si sintiéramos,  angustia.

 

La alternativa hoy para superar estos mecanismos tan arraigados como respuesta fallida a la tensión actual, es empoderarse, construir el poder para enfrentarse a la conducta compulsiva.

¿Qué significa enfrentarse?. Esencialmente dos cuestiones :

1ª) comprender que nada nos obliga a seguir haciendo lo que estamos haciendo y no nos hace bien. Y

2ª) (y más importante) : detener esa respuesta compulsiva.

 

"Desde que los chicos crecieron, mi esposa ha comenzado a tener una vida cada vez más independiente, con sus actividades e intereses personales. Tengo miedo. Me creo poca cosa para interesarle a una mujer tan diferente a aquella que siempre lo esperaba todo de mi" decía Carlos luego de animarse a dejar de controlar a su esposa.

 "En el mismo momento en el que detuve todo mi cuerpo antes de pegarle, sentí un cansancio agotador y un cosquilleo en la palma de la mano. Era mi mano la que pedía su cara para calmar tanta tensión, no era su conducta lo que determinaba mi cachetazo. Lo miré llorar, y me vi de pequeña, cuando mi madre me sometía a terribles palizas", dirá Sandra la semana que se decidió no pegarle nunca más a su hijo.

".no me serví nuevamente de la fuente, y me sentí triste todo el día, no entendía porqué, si había sido un triunfo.  A la noche recordé algo que tenía borrado desde siempre :  Algunos días me quedaba al cuidado de mi abuelo. El cocinaba una gran fuente con mi plato favorito. Al terminar de comer, abusaba de mi.", recordará al fin Mabel

 

No toda conducta compulsiva esconde situaciones de esta gravedad. La época que vivimos nos lleva a tomarlas a modo compensatorio de tensiones mucho más cotidianas que la de estos ejemplos que hoy trajimos.

Sin embargo, el mecanismo psíquico de fondo, es el mismo. Y la posibilidad de afrontarla y superarla en el camino hacia la salud emocional, de relación y social, también. 

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