Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
La maternidad
El niño, la niña, ¿conspiradores?
Por María Adela Mondelli
mondelli@vivirmejoronline.com.ar
Gaby tiene algo más de dos años. Se sube a la silla del comedor, y escala hasta pararse sobre la mesa. La mamá primero la baja sin decir nada. Luego dice "no". Más tarde la reta... Gaby sigue en su plan. Al final la mamá apela a argumentar : ·"Papá Noel te está mirando y si sigues haciendo esto no va a traerte regalos en Navidad."
Gaby ahora -cuando se sube a la mesa-, con las manos en la cintura mira para arriba y grita : "Papa Noel, miá ... me shubí a la mesha". Y los grandes festejamos la ocurrencia. Por ahora festejamos.
La escena de Gaby y su mamá es un ejemplo cotidiano de cómo vamos acompañando a los niños a organizar su psiquismo "en oposición" al psiquismo materno. Y por añadidura, al deseo del otro. Hasta aquí una anécdota graciosa de una niña de dos años. Pero luego llega la segunda infancia, la pubertad, y mas tarde la adolescencia. Y ya no hay nada que festejar.
Pero : ¿qué hace que el psiquismo y el deseo, pueda "ser", si "es en pugna" con el psiquismo, con el deseo, del otro.?
Un campo de batalla. Pero ¿de qué guerra?, ¿porqué sucede esto?. ¿Porqué cada vez más vemos niños y niñas en franca oposición, en situaciones de violencia creciente?. ¿Alcanza apelar a una mirada exclusivamente social de este fenómeno infantil en franco crecimiento?. Y si efectivamente es un tema social... ¿nos queda algo a las mujeres para hacer por esto desde la función materna?.
¿No será que las madres o quien cumpla esa función... "los recibimos" en esta guerra?. ¿No será que esta -sentimos- es la guerra de la época?. Esencialmente las mujeres : ¿porqué naturalizamos que así deba ser?
Recibimos a los niños en la convicción de que habría espacios emocionales escasos, donde no cabríamos todos. Donde el niño viene a "invadir" un lugar nuestro, a recortarnos posibilidades. ¿Una guerra en la que concluímos poniéndolo "del lado del enemigo"?.
Los recibimos a "la defensiva" del modo más sutil... felices de realizar nuestra maternidad, maravilladas de ellos; no se trata de falta de amor al hijo, ni de que no haya llegado por nuestro genuino deseo. No. Se trata de una sutil defensa, de una "dulce presión" que el niño detecta más rapidamente de lo que nosotros podemos apenas comenzar a reconocerla. Se trata de una psiquismo -el nuestro- "a la defensiva" respecto de otros psiquismos. La pregunta es ¿porqué Incluímos al del niño?. Una posición en la que las mujeres no podemos diferenciar entre "el mundo" (laboral, cultural, social, de la pareja incluso), y la maternidad como la predisposición por mostrar al hijo un modo de estar en ese mundo. Una posición subjetiva que da por sentado que el mundo emocional no es amplio, ni abierto; como si el mundo emocional se jugara en el tiempo cronológico, ese que debemos dividir entre el trabajo, la vida sexual, la social, la cultural, sin poder renunciar a nada e imposibilitadas de "alojar" al niño en esa emocionalidad que no tiene límites reales. Si es que podemos desde allí entenderla y gozarla, claro está.
Todas las teorías psicológicas respecto de la niñez, hablan de esta lucha por el espacio. No sólo nos justifican nuestra limitación ... sino que nos posicionan así, nos la estructuran.
"Separarlos", "ponerles limites", "nos toman el tiempo". Sin embargo el psiquismo infantil solo se puede separar, sólo se puede diferenciar, de aquello con lo que se ha fusionado. Y la materia -y pensemos al psiquismo infantil a nivel de la materia- se fusiona con aquello que no le ofrece resistencia. Se "con-funde", se funde-con una emocionalidad materna que puede indiferenciarse, identificarse, con esa materialidad diferente a sí misma. Y es desde allí desde donde comenzará el niño a separarse, a construir el límite. Un límite que nace del mismo psiquismo, que no es imposicion de una contienda perdida.
De qué hablo?. De "entrega", de entregarse el psiquismo de la madre al psiquismo del hijo, de no "oponerse" a él. De aprender otro modo de maternar. De "alojarlo" en lo más profundo de si. De no sentir que los espacios emocionales son escasos, se pelean por lugar para poder realizarse. De saber que el espacio de la subjetividad es TAN AMPLIO como ensanchemos nosotras su límite.
¿Es esto aceptar cualquier capricho de niño???. No. Es -precisamente- no presuponer "capricho", es comprender profundamente qué es eso a lo que esta propuesta de guerra le dice "capricho". Es darle otro sentido. Es respetar el tiempo y la particular modalidad que tiene para estructurarse un psiquismo sano. Es no pensar en términos conspirativos las necesidades y el modo ¿inadecuado? de manifestarlas de nuestro hijo.
Cuando lo llevamos a dormir a su cuna, llorará. Según las teorías que apliquemos, o se cansará de llorar y al final extenuado se dormirá. O iremos tantas veces como sea necesario a "explicarle sin levantarlo" que él debe dormir allí. Sea cual sea la teoría que apliquemos, nosotras terminaremos extenuadas, o discutiendo con el padre del niño... y el niño se dormirá en su cuna cuando tristemente comprenda que todo esfuerzo de su deseo por ser satisfecho -de brazos maternos en este caso- es inútil. Aprenderá que la frustración del deseo, es un ejercicio de poder del más fuerte, que se padece en soledad.
Nunca comprenderá por ese camino, que la tolerancia a la frustración es una renuncia a la satisfacción inmediata del deseo, una renuncia propia, superadora y a la que se llega CON el otro. No comprenderá que la frustración no es la soledad de una derrota, sino la celebración de un don al otro, producto del reconocimiento de su deseo, tan legítimo como el nuestro.
La cultura nos habla de los efectos de estas teorías conspirativas en relación con los espacios emocionales, en las que criamos a los niños. Si estamos criando una niña... pues saldrá al mundo y se insertará en esa parte de él en la que aún para las mujeres queda el sometimiento al poder de un deseo del otro, inquebrantable. Y si estamos criando un varón... sólo tendremos que verlo cuando ingrese al mundo, cómo habrá aprendido rápidamente que el poder lo tiene aquel cuya emoción no se quiebra frente al deseo de nadie. Un mundo -intersubjetividades- con espacios emocionales escasos, en donde siempre hay vencedores y vencidos, y donde un deseo no realizado en lo inmediato, es la pérdida de una guerra. La derrota. Donde no hay genuina renuncia, aceptación -sin sometimiento a la soledad- de que no todo se puede hacer, de que el deseo debe adecuarse para su realización. La misma guerra -y consiguiente derrota- que muchas veces nosotras sentimos entre la maternidad -elegida, conciente- y otros espacios de realización personal.
Un psiquismo "sano", no necesita establecer guerras. Puede acoger lo nuevo y al diferente sin sentir que algo pierde, que algo el otro le quita. Un deseo "sano" puede realizarse en un mundo emocional vasto, compartido con otros diferentes. Un mundo que más crece cuando más entran en él. Un deseo sano puede retirarse rápidamente cuando siente que no hay donde alojarse en el deseo del otro. Un deseo sano no necesita que el otro le de "un lugar", lo tiene a disposición y lo usa sin quitarle espacio a nadie más...
Sólo cuando las mujeres -genuinamente- dejamos de oponernos a la fusión que nos demanda el niño, gozamos de satisfacer el deseo de brazos en la primera infancia, de a veces no recoger los juguetes en la segunda... de no hacer hoy la tarea en la pubertad. Nos encontramos con nuestro hijo en otro universo desconocido. Aprendemos otro lenguaje de las relaciones humanas. Podemos ser libres en esa función materna, en la fusión con el niño ... lo respetamos como persona. Las mujeres conocemos otro mundo, amplio, oceánico, en el que nosotras y el niño, cabemos los dos. Y somos privilegiadas testigo y sorprendida artífice de cómo nuestro hijo ira ganando autonomía. Día a día. Más asombrosamente rápido, cuanto más podamos "entregarnos". Cuando nosotras abandonamos la guerra por el espacio emocional, el niño renace como un sujeto autónomo, libre de miedos, que puede aprender, jugar, decir si... Y aprender cuándo decir no.
Todos los niños y las niñas en algún momento necesitan de esta fusión, de este con-fundirse, de este alojamiento en el deseo materno.
Y el tiempo de su crecimiento nos corre para darnos cuenta. Para aprender este nuevo lenguaje.
Es la primer infancia de nuestro hijo, la segunda... la pubertad... y ya no más. Luego podemos esperar los reclamos escolares por "problemas de aprendizaje", las "teorías del sindrome de déficit atencional", la violencia, la adicción, el embarazo adolescente ... y ya no tendremos vuelta atrás. Ya habrá allí -en nuestro hijo- un psiquismo estructurado desde la violencia. Un psiquismo en guerra.
Si llegamos a esos límites -y cada vez más púberes y adolescentes llegan- apelaremos primero a las teorías de "poner límites", y no caminará. Por el contrario, recrudecerá. Y recrudeceremos "los límites". Y esto -como quien fricciona la piel irritada- fortalecerá la respuesta "guerrera" del psiquismo del niño. Entonces iremos a la psicología : una hora por semana, dos, que en nada cambiará la vida del niño que se desarrolla en 24 horas todos los días, si no podemos cambiar nosotros la nuestra. De allí en más, es sólo cuestión de tiempo : llegará la medicación, luego las adicciones... la granja de recuperación de adictos... dónde termine ya no depende de nosotros.
De nosotras depende hoy.
¿Que no hablé del padre?... si, si, ya se. Ese es otro tema. Pero, recordemos, que "la función materna" -la posibilidad de alojar al otro en su diferencia- no es un tema de ser varón o mujer en la crianza del niño y la niña.
Y que lo que no hace el otro por un niño, no justifica que tampoco lo hagamos nosotras.
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