Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
Violencia de la Escuela
Convivencia en las escuelas
Por: Daniel Korinfeld
Una escuela es un lugar en el que durante muchas horas al día convive un gran número de personas de distintas edades, de diversas procedencias. Un espacio en el que se entrecruzan historias personales, familiares, grupales, institucionales y, en el que la razón de ser de esa convivencia es la transmisión y el aprendizaje de un conjunto de saberes significativos para la sociedad de la época. Hoy sabemos que esos aprendizajes no se limitan a los contenidos específicos de las materias; entre el currículum formal, el real y el oculto, transcurre un rico interjuego de aprendizajes y enseñanzas. Normas, valores, actitudes; modos de premiar y castigar, estilos de comunicación, formas de resolver dificultades, maneras de ejercer la autoridad y de disentir, de cuestionar y de participar, conforman algunos de los carriles por los que transcurre la formación, en la vida cotidiana de las instituciones educativas. En el proceso por el cual una generación le transmite a las que le siguen los aspectos centrales de una cultura, la educación cumple una parte fundamental de ese rol; y la escuela en particular, en nuestras sociedades, se convierte en un espacio en el cual el pasado y el futuro se enlazan en un presente vital y por tanto complejo. Un espacio en el que los conflictos y tensiones no pueden ser menos que parte de esa experiencia institucional.
Tomar distancia
Marchar en fila de menor a mayor mirando solo la nuca del compañero que va adelante; saludar -de pie junto al pupitre clavado al piso, uniformados y al unísono- Buenos días señor cuando el profesor entraba al aula; mostrar al director de la escuela, que supervisaba las filas del alumnado alineado en formación, la higiene de manos y uñas, junto con el pañuelo, eran algunas de las expresiones de una educación que se sostenía en el disciplinamiento del cuerpo del niño y del adolescente, como forma de control y plataforma básica del conjunto de los aprendizajes que la escuela proponía. Aprendizajes basados en la repetición, en la memorización y en la acumulación de datos, aspectos sobre los que se ha avanzado, aunque algunos de ellos sean hoy objeto de controversias. Años antes la disciplina escolar se mantenía usando otros recursos e instrumentos: "Entre los instrumentos más utilizados estaba la palmeta de madera dura o de cuero crudo con agujeros para que provocara más dolor y levantara ampollas, el humillante bonete, las orejas de burro, la lengua de trapo, cajones de muerto con rejillas para respirar, el látigo con ramas de cuerda o tientos con nudos en las extremidades, u otros menos elaborados pero no por eso con menor efectividad, como la varilla de membrillo, o el rebenque" rememora Adriana Puigross. A medida que retrocedemos en el tiempo, la lista de recursos y procedimientos de castigo para mantener el adecuado funcionamiento y la disciplina escolar, llega a niveles insospechados de violencia física y sometimiento psicológico, haciendo literal aquella frase tan conocida: "la letra con sangre entra", o aquel postulado atribuido a Martín Lutero: "más vale un niño muerto que uno mal educado".
Los tiempos han cambiado
Hace ya algún tiempo que estas historias han quedado atrás, aunque una lectura atenta puede encontrar excepciones, resabios de aquella posición pedagógica, que no solo aparecen en las páginas policiales de los periódicos, sino también en distintas prácticas escolares. Las formas por las que las escuelas regularon el funcionamiento de su vida cotidiana han sido tradicionalmente bastante homogéneas y comenzaron a cambiar paralelamente a otras transformaciones socioculturales globales. En nuestra reciente historia, el autoritarismo dejó marcas que todavía perduran, y que han tenido múltiples efectos en el devenir de los cambios y conflictos respecto del tema que nos ocupa. Se ha iniciado un camino que viene transformando la relación pedagógica, centrándola en objetivos de enseñanza-aprendizaje, en los que la autoridad se basa en la consistencia de la posición de enseñar y en las normas institucionales que enmarcan y propician el funcionamiento escolar. Un recorrido, sin lugar a dudas muy complejo, que ha tenido, en muchos desarrollos pedagógicos, etapas en las que de modo reactivo se borraba la asimetría del vínculo docente alumno, diferencias basadas en la función, en la tarea, en la edad y en los derechos y las responsabilidades respectivas. Los modos de relación entre las generaciones en el proceso pedagógico han cambiado y son parte de las nuevas expectativas y requerimientos dirigidos a la escuela. Una escuela, entonces, que no está centrada en los modos de control de los adolescentes, sino en la construcción de climas de trabajo, de mecanismos de autorregulación de los grupos, de dispositivos de participación, y en el creciente consenso de determinadas normas, en las que se sostiene el sentido de esa convivencia: el estudio, el aprendizaje, la formación. Si las nuevas generaciones le han hecho lugar a una educación que no es para el sometimiento y el ejercicio arbitrario de un poder, la comunidad escolar debe buscar los modos en los que el ejercicio de la libertad, y las manifestaciones y expresiones propias del desarrollo evolutivo de los adolescentes, se articulen, es decir, encuentren sus canales y sus límites, en su interacción con los adultos. Nos referimos a los adolescentes de esta época, quienes aún sin conformar un conjunto homogéneo, son percibidos como parecidos y al mismo tiempo, bien diferentes de los que fueron quienes hoy están en la posición de educar: padres y docentes. Es evidente que la escuela como institución sufre la influencia y el impacto de las transformaciones socioculturales que estamos viviendo, y que muchos de los nuevos conflictos que hacen su aparición o se intensifican en el ámbito educativo, tienen su referencia directa, en la promoción de ciertos valores y actitudes que parecen ser hoy dominantes. Al mismo tiempo, la institución escolar, a través de sus educadores, conserva la confianza de parte de los jóvenes, que otras instituciones y actores sociales han perdido. Este dato, no sin importancia, produce un estímulo que permite plantear la convivencia escolar como un proceso en continua construcción por parte de los educadores, los alumnos y sus familias; e imaginar también, que sus efectos potenciales van más allá de mejorar la calidad de la enseñanza y la calidad de la vida cotidiana.
El fin de las amonestaciones
La polémica, que tomó estado público en los últimos años, en torno al problema de la utilización del sistema de amonestaciones en la enseñanza media, tiene una larga historia de debate en el interior de las escuelas. Se trata de una reglamentación y un sistema que permanecían sin modificaciones desde su creación, y que a pesar de sus detractores, contaba con el apoyo de quienes veían en ello un recurso existente y conocido, a falta de otros dispositivos que cambiaran el enfoque de la disciplina escolar. Instaurado en 1941, el sistema de amonestaciones para los colegios secundarios, le dio una escala numérica a las faltas cometidas, faltas que podían acumularse hasta un tope máximo a partir del cual el alumno quedaba automáticamente fuera del curso regular y/o del sistema educativo. En 1997, a partir de una ordenanza del ex Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, se dejó sin efecto el sistema de amonestaciones en la enseñanza media, propiciando, en cada establecimiento educativo, la construcción de un proyecto de convivencia propio. Las recomendaciones que emanaban de esos documentos se dirigían a garantizar un orden democrático en las escuelas, a promover determinados valores compartidos, y a generar mecanismos de mediación para la resolución de los conflictos, revisando los sistemas de sanciones y garantizando los derechos de los alumnos. Para muchas instituciones fue la posibilidad de inaugurar una etapa diferente con relación a su funcionamiento interno; para otras, legalizar y profundizar sus particulares procesos de transformación en torno al clima de trabajo y los modos de encarar las situaciones problemáticas de la tarea educativa.
Revista Generaciones Año 2, Nº 3, ORT Argentina, Buenos Aires, mayo 1999.
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