Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
Arte y Subjetividad
Angélica Gorodischer: palabra de mujer
Goza de gran reputación en el mundo de la literatura fantástica. Pero no cambia esos laureles por su puesto en las trincheras del feminismo, desde donde da la pelea por los derechos de su género. "Los núcleos de poder son masculinos", dice.
Claudia Selser.
cselser@clarin.com
Es flaca, bastante alta y tiene el pelo rojo. Rojo, lacio y corto, de forma tal que cuando una la ve piensa: Fosforito. Un corte moderno que dice mucho de cómo va por la vida una mujer que ya cumplió 76. Después la escuchás hablar formal, muy formal; y de repente, zas, se manda una barbaridad con el lunfardo, y te quedás ahh. A ella le encanta escandalizar con esos golpes de humor en el lenguaje. O también usar el lenguaje de todos los días cuando se trata de algo tan serio como un congreso de cirujanos. Se advierte enseguida que Angélica Gorodischer no hará concesiones a sus ideas; no importa quién se le pare delante porque ella, desde chica -dirá una y mil veces y otras tantas escribirá-, reivindica la curiosidad y la desobediencia, como las dos fuerzas que mueven el mundo.
Mientras participa de un panel en el Encuentro de Autores de Literatura Fantástica, organizado por la Fundación Ciudad de Arena, se entera que recibirá el premio a la Trayectoria. Agradece que la consideren una exponente de la ciencia ficción en la Argentina, sí. Pero ella se siente ya muy lejos del género: "Hace un montón de tiempo que la dejé y no he leído nada, y cuando la he mirado así, por encimita, no me ha gustado. Esas cosas del ciber punk me parecen espantosas: mal escritas. Por ahí hay gente que tiene unas ideas maravillosas y vos lo leés y eso no es literatura. Es cualquier cosa menos literatura. A veces ni siquiera llega a ser el embrión de un cuento? Me da mucha pena que pase esto."
¿Cree que es por falta de trabajo?
Sí, creo que sí. La verdadera literatura se hace corrigiendo. La narrativa es elaboración, no es otra cosa. Creo que eso tiene que ver con la degradación de tantas ventajas como tenemos: la televisión, la computadora, un montón de tecnología que debería hacernos la vida más fácil. Incluso como dice Ivonne Bordelois, van degradando el lenguaje, que es lo que nos sostiene. Y entonces, esa gente que escribe no puede asirse, no puede hacer pie en otra cosa que no sea en ese lenguaje empobrecido de los medios. Nacida en Buenos Aires en 1928, es hija de una escritora y un comerciante. Rosarina por adopción, Angélica Gorodischer fue una de las únicas 11 mujeres -de un total de 160 personas- invitadas al III Congreso Internacional de la Lengua convocado por la Real Academia Española. Para ella, un hecho vergonzoso.
"Algo que resulta más o menos indignante. Entonces uno se pregunta si será machismo, será prejuicio o será ignorancia. ¿Será que estos señores no conocen, no han leído? (Porque no leer literatura de mujeres es otra manera del desprecio.) No han leído, no les interesa, no saben lo que escriben mujeres que tienen un prestigio enorme."
¿Hay una literatura de mujeres, una literatura especial?
No creo que sea especial. No creo que sea ni mejor ni peor ni distinta, ni que tenga que ocupar un lugar de privilegio ni nada por el estilo. Creo que hay una literatura que está escrita por mujeres y que, en cierto modo, habla sobre cosas de género. Mirá, es lo que dijo Virginia Woolf: no es que los hombres escriban sobre la guerra y nosotras sobre bebés. Cada género escribe sobre sí mismo. Y es así. Es lo que se llama conciencia de género. De manera que yo no estoy diciendo esa tontería del acertijo: "¿Esta página la escribió un señor o una señora?" ¡Qué me importa quién la escribió! La página tiene género por haber sido escrita por una persona de un género determinado. Que puede ser el propio o no: puede una mujer tomar la voz y la mirada de un hombre y puede un hombre, si se anima, tomar la voz y la mirada de una mujer. Y digo "si se anima" no por cobardía, sino porque los hombres tienen miedo de pasar por debiluchos.
Pero más allá de esto hay una literatura que deberíamos conocer todas y todos, así como nosotros leemos tanto a los señores. Lo que pasa es que la literatura de mujeres siempre está como escondida, y eso no es casualidad: los núcleos de poder son masculinos.
Bueno, pero hay una movida importante de escritoras latinoamericanas?
Sí. Es lo que quieren leer en Europa y en Estados Unidos: una mala imitación de García Márquez. Entonces salen estas señoras, que me parece muy meritorio porque se toman su trabajo, pero que no tienen ningún valor estético. Ni Marcela Serrano, ni Isabel Allende, ni Angeles Mastretta. Ahora la única que se conoce de Chile es Isabel Allende. ¿Por qué? Porque vende no sé cuántos miles de ejemplares. Quiere decir que el mérito está en el éxito y no en el texto que se escribe.
Un cuarto propio
En 1998, cuando editó un libro de cuentos policiales se presentó así: "Nací cuando caía Yrigoyen, crecí con aquella crisis. Entré en la secundaria en la Segunda Guerra. Fui a la facultad con Perón. Me casé cuando la quema de iglesias. Bailé boleros con Pedro Vargas, fox-trots con Benny Goodman, y tuve mi primer hijo cuando Lonardi decía ?ni vencedores ni vencidos?.
Empecé a escribir profesionalmente con los hippies y el DiTella. Seguí escribiendo con los milicos. Tuve mis nietos con la democracia. Tengo cuarto propio pero no 500 libras al año. Sigo escribiendo." Nació como Angélica Arcal, en pleno barrio norte de la Capital Federal, en el seno de una familia de clase media -con ascendentes franceses y aragoneses- que se radicó en Rosario cuando ella tenía 8 años. La nena, que aprendió a leer antes de los 5, puso en jaque a sus padres porque daba muchos problemas con la comida y pasaba noches y noches en vela, aterrorizada por un miedo a la oscuridad -todavía lo padece- que ella misma calmaba inventándose historias. Los volvió a poner en jaque, a los 20 años cuando, ya feminista declarada, suspendió su carrera en la Facultad de Filosofía y Letras para casarse con el arquitecto urbanista Sujer Gorodischer, que no era para los padres el mejor de los partidos y que todavía hoy es su marido. Y tuvo una casa con jardín, tres hijos, un perro y un gato, y un trabajo fuera de casa, de bibliotecaria en una editorial médica. Permiso, por favor Escribía de a ratos, como pidiendo permiso, hasta que ganó un concurso en la revista Vea y Lea.
En 1963 se quedó con el primer premio del Club del Orden, que le significó la publicación de su primer libro Cuentos con Soldados (1965).
¿Cómo pudo estar casada, criar hijos y escribir, teniendo además un trabajo fuera de casa?
Fue duro, porque una se siente culpable. Yo tenía triple jornada, no doble porque, además, yo quería escribir. Trataba de que el Goro, mi marido, me comprendiera. A veces me comprendía y a veces no, porque éramos más jóvenes y hay cosas que uno no podía llegar a palpar a esa edad. Me sentía culpable con relación a mis hijos, sentía que los abandonaba porque yo no estaba como otras señoras del barrio batiendo y amasando y haciendo comidita rica para ellos. Y también me sentía culpable respecto de la literatura, porque yo sabía, desde los siete años, que quería ser escritora. Y claro, no le podía dedicar todo el tiempo a eso.
Entonces a los chicos les dedicaba todo el tiempo que podía y a la noche, una vez que los chicos ya estaban durmiendo y yo estaba hecha pelota, sacaba la máquina de escribir de abajo de la cama, la ponía en una mesita y escribía hasta las 3 de la mañana. Y al día siguiente, a las siete, me levantaba para ir a laburar. Yo me dormía en todos lados. Ibamos a una fiesta y yo me sentaba en un sillón y me dormía. Si con Goro hasta llegamos a pensar que estaba enferma. Consultamos con un endocrinólogo que dijo: "¿Sabe lo que tiene usted, señora? Sueño".
Y yo no podía dejar el trabajo porque mi sueldo, que era poco, hacía falta? Y bueno, no veo por qué una feminista no se va a casar y tener hijos, diez, uno, cinco, los que quiera? ¿Por qué yo tengo que renunciar a algo por ser mujer? A un tipo no se le dice: o el estudio de abogado o los hijos. Pero a una mujer sí.
Así, escribiendo por las noches, después de Cuentos con Soldados fueron surgiendo Opus dos (1967), Las pelucas (1968), Bajo las jubeas en flor (1976), Trafalgar (1979), Jugo de mango (1988), Fábula de la virgen y el bombero (1993), Prodigios (1994), La noche del inocente (1998), Cómo triunfar en la vida (1998), Menta (2000) e Historias de mi madre (2004). Ganó varios premios: Konex de platino, el Emecé (por su novela Floreros de alabastro, alfombras de Bohkara (1985) y el Dignidad (otorgado por la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos por su trabajo en defensa de los Derechos de la mujer), entre otros.
Buenos riñones
Angélica Gorodischer publicó antologías sobre literatura de mujeres (Mujeres de palabra y Esas malditas mujeres) porque ese vacío la indigna: "¿Cómo puede ser que nadie sepa, por ejemplo, que en el año 1000 una mujer japonesa, Shibuko Murasaki escribió La historia de Gengi, la primera novela moderna? Sólo algunos exquisitos conocen ese texto. Frente al aporte de Murasaki o el de escritoras como Armonia Somers, Clarice Lispector o Griselda Gambaro en la Argentina, por nombrar a algunas, lo que el mercado impone como literatura femenina me parece pobre."
Desde el jardín
Angélica tiene su estudio al fondo de la casa, cruzando un bello jardín que ella misma cuida desde hace años. Ella no cumple con el mito de los escritores nocturnos. "Me levanto todos los días a las seis de la mañana y a las siete ya estoy sentada a la computadora, escribiendo. A la tarde empiezo a decaer y a la noche no sirvo para nada." Lectora voraz, desde los cinco años lee de todo: "Porquerías y maravillas. El siglo de Oro, los griegos, novelitas rosas, pornografía, ciencia, divulgación, vidas de santos? Si con mis hijos, cuando eran chicos, nos peleábamos por ver quién leía primero la revista D?Artagnan. Todo sirve para alimentar la imaginación... Después, cuando una se sienta a escribir, el oficio enseña algunos trucos: que es mejor, que las historias no salgan de una cosa muy sentimental, que hay que escribir no con la pasión sino con el recuerdo de la pasión.
¿Qué es la literatura?
Trabajo, dedicación, autocrítica, respeto por el lenguaje. Una idea inicial, sí. Una chispa, inspiración si se quiere, y allí sí la pasión pero trabajada, tamizada, enriquecida. Muchas horas frente a la computadora, escribiendo, corrigiendo, puliendo palabras. La intención sola no alcanza. Treinta y cinco años de sentarse cada mañana frente a la máquina de escribir primero y ante la computadora después, le hicieron creerle a Thomas Mann eso de que un escritor "debe tener ante todo buenos riñones".
De niña leyó todos los libros que su madre le prohibió. Desde El amante de lady Chaterley hasta Memorias de una princesa rusa. Después logró contagiar su pasión por la literatura erótica a la editorial Emecé que le dio para dirigir una nueva colección que Gorodischer llamó La noche mildós. ¿Por qué?: "Un día caminando por Buenos Aires, rumbo a la editorial, vino a la mente la imagen de Sheherezada: no podíamos usar explícitamente su nombre porque implica muchas más cosas que el erotismo. Obviamente, tampoco podíamos llamar lisa y llanamente Las mil y una noches. Pero entonces pensé: ¿Qué pasa si uno imagina lo que ocurrió cuando, DESDE 1998 ORGANIZA UN ENCUENTRO DE ESCRITORAS. POR SU DEFENSA DE LA MUJER LOGRO VARIOS PREMIOS.luego de esas 1001 noches de penitencia narrativa, Sheherezada es perdonada por el sultán? Seguramente se dedicaron a amarse, a unir el placer moroso del relato a los placeres del erotismo, a imaginar las exquisiteces del amor."
¡Feminista, y qué!
Invariablemente todos los sábados, Angélica Gorodischer se reúne en el Bar Victoria, pleno centro de Rosario, con nueve amigas que se llaman a sí mismas las brujas. Algunas se conocen desde que eran jovencitas y tienen profesiones diversas: hay abogadas, grabadoras, psicoanalistas y profesoras de inglés. Desde 1998, cada dos años, organiza el Encuentro Internacional de Escritoras, y su militancia sostenida, en favor de los derechos de la mujer, le valió numerosos premios y reconocimientos de todo tipo.
"Creo que algunas escritoras entienden mal el problema: creen, y afirman, que todas las mujeres son maravillosas y no es así. Ni los hombres son malos. Lo que sucede es que si no organizamos congresos para las mujeres, todos los encuentros literarios suelen ser hegemonizados por hombres que, además, se suelen tomar el derecho de hacerte callar. Los hombres no son malos de por sí, lo que sucede es que todavía vivimos en una sociedad patriarcal."
¿Ser feminista tuvo sus costos?
Sí, pero a mí me ne frega. En general, la gente que piensa así no me importa. La sociedad se defiende del feminismo porque sabe que el feminismo le mueve el mundo. Y a nadie le gusta que le muevan el mundo bajo sus pies y entonces se defiende: "Ah, las feministas son todas lesbianas", o "son todas frígidas, gordas, feas, tienen lunares con pelo" o "son flacas". O son cualquier cosa, pero "son de lo peor". O por ejemplo cuando dicen: "las mujeres compiten entre ellas". ¿Qué? ¿Y los hombres no? Lo que está detrás de todo eso es: si sos feminista nadie te va a querer; si sos feminista te vas a quedar sola en la vida.
¿Cree que las cosas van a cambiar para hombres y para mujeres en la vida y en la literatura?
Es difícil que cambien las cosas pronto porque los varones no pueden resignarse del todo a hacer lo que hacen las mujeres y las mujeres, muchas veces, estamos tan colonizadas que seguimos pensando que nuestra obligación es limpiar y hacer la comida y lavar la ropa y zurcir. Porque es cierto que estamos todas colonizadas. Tenemos colonizado el espejo, querida.
¿Por qué, siendo feminista, firma con su apellido de casada?
Por varias razones. Porque yo he vivido más tiempo con mi marido que con mi papá. Porque Gorodischer es un apellido que me resulta muy sonoro, muy hermoso, y porque es un apellido de hombre, como todos los apellidos. Porque no hay apellidos de mujer. No existen. Todos los apellidos son apellidos de hombre: si yo me pusiera mi apellido de soltera, Arcal, es el de mi papá. Si me pongo el apellido de mi mamá, Junquet Garay, es el de mi abuelo materno... De manera que siempre tenés un apellido de hombre. Y yo elegí el del Goro. .
Fuente : clarin
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