Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
Violencia y Crianza
Un flagelo social que se perpetúa
Afirman que la violencia es fruto de una cultura de la exclusión
El especialista Jorge Corsi dice que la impunidad también incrementa el
problema
El eje del fenómeno es un deseo de ejercer poder
La educación debería enseñar a respetar las diferencias
El maltrato y el abandono infantiles son fuente de resentimiento
Avasallar al otro, desconocerlo, convertir su cuerpo en un objeto para
alcanzar un fin propio o -peor- para descargar antiguos resentimientos y
hostilidades: distintas formas de nombrar la violencia, que no es sino una
violación de la subjetividad ajena.
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"La violencia es un fenómeno muy complejo, con muchas facetas, pero el eje,
el núcleo, es el poder; el poder sobre el otro; tenerlo bajo control",
introduce Graciela Ferreira, psicóloga especialista en el tema.
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Con su mapa cotidiano de robos, secuestros y abusos sexuales, la Argentina
constituye hoy un escenario atravesado por múltiples violencias, con graves
consecuencias sobre el psiquismo de quienes sienten la calle como un
territorio enemigo donde impera la ley del "todo vale". El afuera es, para
muchos, algo amenazante donde se está a merced de la voluntad del más
fuerte/violento.
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Inmersos en un mar de informaciones que describen la barbarie, "grandes
sectores de la población modifican sus vidas, cambian sus movimientos y sus
hábitos familiares y permanecen en un estado de tensión que termina por
producir distintos efectos sobre los cuerpos; desarrollan una serie de
síntomas propios de las personas que han sufrido experiencias traumáticas:
temores, inhibiciones, trastornos del sueño, ansiedad difusa, etcétera",
alerta Jorge Corsi, director de la carrera de especialización en violencia
familiar, de la Universidad de Buenos Aires.
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Y explica el fenómeno desde una vertiente sociohistórica: "El contexto
histórico que enmarca las actuales manifestaciones de violencias sociales
debe entenderse como una secuela de la construcción, a lo largo de la década
del 90, de la cultura del mercado, una cultura de la exclusión, en la cual
las otras personas dejan de ser semejantes para convertirse en instrumentos
a los cuales usar o enemigos a los cuales destruir".
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Corsi reserva, en su análisis, un espacio destacado a la violencia juvenil,
a la que explica como "la respuesta que estamos recogiendo de quienes se han
sentido abandonados, no escuchados y maltratados por la violencia
institucional, que sólo consigue incrementar el odio y la necesidad de
venganza".
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A esta causalidad propone sumar "la ausencia de penalización efectiva a la
transgresión de las normas legales, que produce un peligroso aprendizaje de
la impunidad". La explosiva combinación de variables que desembocan en la
violencia no deja afuera a factores como el crecimiento de la marginalidad y
la mayor circulación de drogas, pero Ferreira hace hincapié en el peso de la
historia familiar.
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"Muchos de los adultos que fueron maltratados en su niñez inician una
búsqueda de poder sobre otros. Las investigaciones en cárceles y la
biografía de delincuentes muestran que hay mucho de eso, y también
atribuciones arbitrarias (" sos malo de nacimiento", "piel de Judas, semilla
de maldad ", etc.).
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Claro que esto no justifica ningún acto violento; simplemente lo explica.
"La violencia no es una simple cuestión de impulsividad o descontrol",
define Corsi. "Detrás de un individuo violento hay una construcción familiar
y social de formas de relación en las que la resolución de conflictos y
respuestas frente a la frustración implican formas abusivas de controlar y
dominar al otro."
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El sexo como arma
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En el mismo sentido, Corsi explica la violencia sexual como "la
manifestación más visible y brutal de la desvalorización de lo femenino, y
contrariamente a lo que ingenuamente se supone, no está motivada por la
búsqueda de placer sino por la búsqueda de poder. Es el ejercicio de la
dominación masculina mediante la fuerza".
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"El eje no es el sexo, sino el control sobre el otro", explica Ferrari. "La
violación es una escena de control, no de excitación sexual desbordada. Los
violadores investigados relatan eso: la cara de la víctima, sus súplicas y
llantos, el sentir que la tienen dominada y ellos toman las decisiones."
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Ningún vínculo con el erotismo; apenas un sádico juego de dominio.
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Además, "lo que las mujeres violadas relatan es que, más allá de la
humillación y el asco, lo crucial que las daña y marca de por vida es la
impotencia y la pérdida de control sobre su vida y sus actos", dice
Ferreira.
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Por su parte, Adriana Esterzon, psicóloga de una institución del partido de
San Martín, agrega: "Frente al hecho violento y traumático, el tema es cómo
sobreponerse y pensar un curso de acción que disminuya el costo de haberlo
padecido". Y relata, como ejemplo paradigmático, el caso de Marina Estanga,
la mujer que días atrás, después de haber sido asaltada y violada en su
propia casa, bajo amenaza de lastimar a sus hijos, salió de su situación de
terror para "accionar, pedir ayuda, reclamar. El quedar atrapado en el
pánico sostiene una posición victimizada y mantiene el sometimiento hacia el
agresor. Corrernos de ese lugar es adueñarnos de nuevo de nuestra vida con
una respuesta activa. No siempre se puede. Marina pudo y tuvo respuesta: 300
vecinos marcharon desde su casa hasta la comisaría de San Martín pidiendo
justicia".
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Por Tesy De Biase
Para LA NACION
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