Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
Pobreza y niñez
El don de la gracia, por Beatriz Sarlo
Chicos librados a la hostilidad de la calle piden limosna o se entretienen jugando. En la inmovilidad o la acrobacia, tienen la gracia perfecta de quien nada persigue.
POR BEATRIZ SARLO*.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La nena estaba sola, parada en la esquina. Quien la mirara sin prestar atención podía pensar que esperaba el semáforo para cruzar la calle, o que su abuela estaba comprando algo en un negocio y ella había salido a la vereda. Sin embargo, la nena estaba pidiendo limosna aunque, en ese momento, no lo indicara con ningún gesto. La confusión provenía de la tranquila belleza de su pose y de la perfección de su vestido, un vestido escocés verde y blanco, de cintura alta, con lazo y pechera cuadrada, donde el escocés se alternaba con franjas también blancas, una especie de cuello marinero diseñado seguramente por una boutique cara. Visto de cerca, el vestido delataba que esa nena no era su primera dueña sino la última, y que lo había recibido de alguien para quien el vestido ya no servía más. Pero a unos pocos metros, le quedaba perfecto, con la espalda levemente curvada y los brazos finos. Si se bajaban los ojos, las zapatillas viejas revelaban la incongruencia. Pero la nena llevaba su vestido con una gracia inconsciente y su cuerpo correspondía exactamente con el vestido.
El chico se paró en lo alto de la escalera mecánica, apoyó un pie delante del otro sobre el pasamanos, estiró los brazos hacia los costados como un equilibrista que busca el incierto punto de estabilidad y comenzó a deslizarse hacia abajo, sonriente y concentrado, inclinando el cuerpo en el ángulo preciso para mantenerse a noventa grados. Todo un espectáculo que festejaron quienes iban subiendo por la otra escalera. Cuando llegó abajo, pegó un salto y cayó sin titubear, con la firmeza de un gimnasta. Un compañero más chico hizo el mismo trayecto, pero sentado sobre la cinta angosta, manteniendo por eso un equilibrio menos oscilante. Con la misma levedad, ejecutó el salto necesario para caer, parado, en el hall de la estación de subterráneo. Los chicos no lo hacían por plata y ni siquiera es probable que pudieran repetirlo muchas veces para perfeccionar la prueba ya que, indefectiblemente, algún empleado iba a intervenir. De todas formas, no había mucho que mejorar, porque todos los movimientos habían tenido una ejecución precisa, como si se tratara de un ejercicio de gimnasia artística.
Los chicos tenían la liviana inconsciencia de una marioneta: sus cuerpos se comportaban como si no necesitaran ser dirigidos por la cabeza, eran pura intuición y gracia.
Un poeta romántico alemán, Heinrich von Kleist, escribió que el secreto de los grandes actores radica en la soltura con que sus cuerpos se independizan de una conciencia que los controle. Para Kleist, el mejor actor es quien más se acerca al abandono de una marioneta, que cuelga de los hilos y se mueve respondiendo a la fuerza de gravedad que la atrae hacia la tierra, apenas alterada por los movimientos de un hábil titiritero.
Lejos de ser grotesca, la marioneta es grácil, cae por su propio peso, no contradice las fuerzas que la mantienen suspendida de sus hilos. Esto a Kleist se lo dijo el más grande actor de su época, cuando el poeta lo interrogó sobre el secreto de su arte.
Los deportistas también saben de estas cosas. No se puede pensar en golpear una pelota, o patearla, o trasladarla, y hacerlo bien al mismo tiempo: la huella de lo sabido debe ser más fuerte que la conciencia de saberlo. Cualquiera comprueba esto si observa una foto deportiva que muestre un cuerpo suspendido en el aire, ensimismado en su movimiento, los brazos trazando un arabesco en el salto que no puede reproducirse sino solamente hacerse. Son momentos en que los protagonistas no responden a otro llamado que al del impulso que los lleva a convertirse en un trompo o una espiral. Aunque se muevan velozmente, dan la impresión de una especie de cámara lenta, ese efecto óptico que vuelve armonioso casi cualquier gesto o desplazamiento, porque se ha borrado la crispación del esfuerzo.
No se encuentra la gracia si se la busca, porque ella significa la radical ausencia de una intención. Como esos chicos en la hostilidad de la calle, absortos en una especie de esfera transparente, ajenos al mundo que los rodea y a su propio presente.
* ESCRITORA Y ENSAYISTA
Comparte este material:
Maria Adela Mondelli CONTACTO y COMUNICACION


personal Presencial
C.A.B.A, Argentina, bº Caballito
Teléfono (54-11) 15.5.832.8631
Google Maps
personal A Distancia
vía Messenger, Skype, teléfono.
chat escrito, de voz, webcam
mondelli@vivirmejoronline.com.ar
Sígueme :

Chat (abre ventana aparte)
Películas y Documentales
para Vivir Mejor
Aprender a elegir una buena alimentación no sólo preserva nuestra salud, sino que cura enfermedades

Un emotivo viaje hacia las raíces más profundas de Lo Femenino y La Vida.
La Menstruación, un secreto demasiado bien guardado.
Imprimir
Recomendar