Psicologa social, psicologo, asistencia psicologica
Violencia conyugal y muerte
CLINICA VICTIMOLOGICA EN CASOS DE VIOLENCIA CONYUGAL
PREVENCION DEL SUICIDIO/ HOMICIDIO
PUBLICADO EN: REVISTA ARGENTINA DE CLINICA PSICOLOGICA. VIII, 1999, P. .211-220
NUMERO DEDICADO AL TEMA: VIOLENCIA FAMILIAR
LIC. GRACIELA B. FERREIRA E-mail: gferreira@sinectis.com.ar
RESUMEN
El abordaje de la Violencia Conyugal obliga a las/os profesionales especializados a focalizar la atención en el potencial homicidio-suicidio de la víctima y/o del victimario. El diagnóstico de riesgo lo formula un equipo capacitado en el trabajo multidimensional y multimodal con personas sometidas a relaciones con desequilibrio de poder y características traumáticas. Los dinamismos paradojales de la victimización: apego, dependencia, Sindrome de Estocolmo, Indefensión Aprendida, negación, culpa, etc. son obstáculos a vencer para lograr la cooperación de la víctima en su propio rescate. Las/os profesionales no especializadas/os tienden a desestimar la noción de riesgo. Se requiere un conocimiento profundo de la clinica victimológica, un entrenamiento riguroso en habilidades para la urgencia, múltiples recursos y creatividad profesional para dar respuestas adecuadas cuando la salud y la vida están en peligro.
Diagnóstico de riesgo - Vinculo traumático - Dinamismo paradojal -
Abordaje multidimensional y multimodal
SUMMARY
The Domestic Violence boarding forces the specialized professional to focus the
attention in the potential homicide-suicide of the victim and/or the offender. The risk diagnosis is formulated by a qualified team in the multidimentional and multimodal work with people subjected to relationships with power imbalance and traumatic characteristics. The paradogical dynamisms of the victimization: attachment, dependence, Stockholm syndrome, learned helplessness, negation, guilt, etc. are obstacles to conquer and achieve the victim's cooperation in its own rescue. The non-specialized professional have a tendency to minimize the notion of risk. A deep knowledge of the clinical victimology, a rigorous ability training for the urgency, multiple resources and professional creativity are absolutely essential to give appropriate response when the health and the life are in danger.
Diagnosis of risk - Traumatic relationship - Paradogical dynamism - Multidimensional and Multimodal boarding
Cuando trabajamos en el campo de la Violencia Familiar una de las primeras intervenciones es evaluar la seguridad de la víctima -la persona que recibe el daño- efectuando un diagnóstico de riesgo. Esto excluye disquisiciones innecesarias acerca de su rol en la situación. En cualquier contexto de violencia existe un peligro potencial de muerte a prever y atender en la emergencia, focalizándolo primero en la víctima, luego en otros destinatarios posibles, incluído el victimario habitual.
Los homicidios ocurridos en Cuadros de Violencia Conyugal abarcan un 25 a 30% del total de homicidios en la población (Sonkin. 1997; de Becker. 1999). Los comúnmente denominados "crímenes pasionales", con su adjudicada carga romántica de "impulsividad" y "locura", son en realidad la culminación de un proceso de larga data desarrollado en el seno de una relación afectiva, mas o menos estable, haya o no convivencia, en la cual ha existido una historia de malos tratos. Caben cuatro posibilidades de desenlace considerando sólo a los integrantes de la pareja:
a. quien ejerce habitualmente los abusos culmina un episodio de violencia con el homicidio, a veces no intencional, otras premeditado, de su víctima habitual. Con alta frecuencia dicho suceso es seguido por el suicidio del victimario, sobre todo si hay antecedentes de adicciones, depresión, celos exacerbados, etc. (Baumeister.1990) El 45% de los homicidios de mujeres en casos de Violencia Conyugal, se producen ante el alejamiento consumado o inminente de la mujer.
(Crawford, Gartner.1992; de Becker. 1999)
b. la víctima, habitual receptora de violencia, comete homicidio matando a su victimario habitual, transformándose en victimaria:
· en defensa propia invirtiendo el desequilibrio de poder
· en el curso de una situación límite de amenaza anticipándose al agresor
· en una extralimitacion al pretender evadir el ataque
· en una situación crítica, en la cual -desde la perspectiva de la víctima (visión de túnel)- cree que su única salida es matar. Para ello puede esperar a que el victimario habitual se duerma o no pueda defenderse, debido a la experiencia de que no puede exponerse a una confrontación directa. Este caso es considerado "Crimen de Liberación o Liberador" pues lo comete alguien atrapado en una situación tal que le consta que su muerte puede ser inminente y/o que las amenazas de muerte involucran también a quienes está obligada a proteger (vg. hijos/as, otros familiares) (Pinatel. ct. Rodriguez Manzanera. 1990)
c. suicidio de la víctima habitual, al creer que no tiene alternativas
d. dejarse matar sin defenderse o pedir la muerte, cuando la víctima habitual ha llegado al límite de su resistencia y sólo pretender que "todo termine", similar al Sindrome de Dejarse Morir en prisioneros de campos de concentración. (Frankl. 1988)
Es frecuente que la gravedad del cuadro lleve a la mujer a percibir que sus únicas alternativas son: suicidarse, matar, ser asesinada. (Walker.1979) dejarse matar o pedir la muerte (Ferreira 1989, 92)
En el cuadro de Violencia Conyugal, cuya víctima habitual de malos tratos (abusos emocionales, físicos, sexuales, financieros, otros) es la mujer, el mayor porcentaje de homicidios lo cometen los hombres. (Ressler.1993; Ministerio de Justicia. 1992/96; de Becker. 1999)
Esto es corroborado por los datos que indican que una mujer tiene más probabilidades de ser víctima de homicidio a manos del hombre con quien tiene una relación afectiva que por un desconocido (Ressler, 1992), que una mujer corre más peligro de sufrir agresión, daños físicos, violación y muerte en su propia domicilio que en la calle (Iglesias, 1997) y que las mujeres sufren más lesiones por golpes de maridos y novios que por accidentes de tráfico, robo o violación sumados. (de Becker, 1999)
En mis investigaciones con C. Tassone, en Argentina, durante 1997 y 1998, sólo en casos publicados en medios de comunicación y teniendo en cuenta su parcialidad dada la cifra negra de los que no llegan a conocimiento público (no hay estadísticas desagregadas para casos de Violencia Familiar en las instituciones oficiales) se cuentan 209 mujeres entre 14 y 83 años, asesinadas por su pareja y 73 intentos de homicidio fracasados, aunque no se sabe si la mujer se recuperó o no, luego del ataque. Los victimarios - entre 16 y 86 años- cometieron suicidio posterior al crimen en 107 casos. 68 hombres fueron asesinados por su pareja y 4 mujeres se suicidaron luego de cometer el homicidio.
Sin contar las muertes de terceros (hijos/as, familiares, amigos, vecinos, policías) estos datos revelan que: a) murieron 175 hombres (68 por homicidio y 107 por suicidio) y 209 mujeres, 384 personas en total. b) cuando se previene por la integridad de la mujer también se está evitando la muerte de hombres y de terceros (ajenos a las parejas murieron 35 personas y 19 quedaron heridas de gravedad).
Por lo tanto puede asegurarse que las intervenciones profesionales especializadas están poniendo una barrera de contención en cada caso que impide que estas cifras se incrementen.
Muchos profesionales de la salud y/o funcionarios judiciales tienden a minimizar o desestimar este riesgo, ya sea por bloqueos defensivos, desconocimiento o prejuicios diversos. La educación y/o posición social del victimario y su condición de esposo y padre de familia activan una disonancia cognitiva en el observador ya que favorecen el descreimiento por no poder asociar tal imagen insospechable con un comportamiento delictivo en privado o con el extremo al que puede llegar tal conducta, por ejemplo, cuando ocurre una denuncia o una separación.
Los datos coinciden con la prevalencia general de homicidios cometidos por la población masculina y se explican también por la falta de socialización y motivación de la población femenina en el uso de la fuerza, interesarse por las armas o identificarse con modelos violentos de conducta (deportes violentos, juguetes bélicos, héroes combativos o destructores, etc.)
Por aprendizaje socializante, las mujeres tienden a resolver los conflictos por medio de la palabra. Este es un ingrediente que se vuelve factor de riesgo cuando al otro sólo le interesa ejercer el control y no posee entrenamiento, habilidades ni motivación para el diálogo, resultándole más viable actuar las emociones y expresarse con hechos.
La diferencia en el porcentaje de homicidios y suicidios masculinos y femeninos se aclara entonces por factores de socialización de género, cognitivos, psicodinámicos e interaccionales, que tienen que ver con el significado emocional diferencial que estos procesos tienen para un hombre y para una mujer.
Es necesario agregar que sin llegar a situaciones de homicidio, la cifra de suicidio en Mujeres Maltratadas se sitúa, en cifras prudentes, alrededor del 30% del total de suicidios femeninos. Sin embargo, pensar en la falta de registro contextualizado y el desconocimiento de quienes evalúan la situación permite suponer un porcentaje mucho mayor. Por otra parte, como lo corrobora la investigación de la Organización Mundial de la Salud, financiada por el Banco Mundial de Desarrollo, (Heise. 1994) el maltrato crónico que recibe una mujer disminuye su expectativa de vida hasta en 10 años, según la gravedad, predisponiendo a la enfermedad y al deterioro integral psicofísico. Esto constituye, en el orden institucional, un problema prioritario de salud pública y una cuestión a prevenir con medidas cautelares desde la función judicial, además de ser otro fundamento para la detección y prevención precoz de parte de los/as profesionales de la salud en orden a mejorar la calidad de vida de quienes padecen maltrato.
DINAMISMO PARADOJAL DE LOS VINCULOS TRAUMATICOS
El objetivo del que ejerce violencia es anular el conflicto y controlar a la mujer por la vía del maltrato devenido técnica de dominación. (Jacobson, 1993) Esto genera una situación paradojal: si la víctima no tiene recursos internos para rebelarse queda "apegada" al victimario, tratando de hacer méritos para no ser agredida, anhelando los momentos de calma intermitente del ciclo de la violencia. (Harlow. 1971; Walker. 1979)
El esfuerzo en la búsqueda de soluciones es en vano, pues la violencia del victimario no depende de lo que haga o no haga la víctima, sino de la atribución de significado a lo que percibe en el comportamiento de la víctima, de acuerdo a dinamismos internos tales como el proceso de rumiación, el monólogo interior, la cognición repetitiva, etc. (Dutton, Fehr, McEwen. 1982; Ferreira. 1992; Dutton, Yamini. 1995)
La víctima también atribuye significados, justificando lo que el otro hace, motivada por el apego traumático reforzado por el Sindrome de Estocolmo, como fenómeno defensivo que la lleva a proteger al agresor. Tales atribuciones se estructuraron y aprendieron en el curso de experiencias de maltrato, miedo y enojo crónicos, vividas en las primeras etapas de la vida, ocasionadas por el abandono, el rechazo, la humillación y los castigos de parte de figuras significativas con rol de cuidadores. (Miller. 1985, 1993; Van der Kolk. 1987; Ressler. 1993)
Lo paradojal en este caso incluye el desarrollo del anhelo de dependencia respecto de esas figuras frustrantes y su proyección en la pareja, considerada como sujeto ideal para restaurar y satisfacer las carencias arcaicas almacenadas.
La imposibilidad de final feliz para este cuento de hadas psicodinámico y cognitivo se transforma en motivación para forzarlo desde las variantes del único comportamiento conocido: la violencia o el sometimiento. Ambas conductas tienen en común el ser resultado de la incapacidad para influir sobre los acontecimientos de forma eficaz y el aferramiento a algo que NO es como se quiere creer que es (de Becker. 1999) Por lo tanto, vuelve a frustrar y causar dolor. Esto genera nueva rabia y sufrimiento, reforzando la aplicación de más y más de lo mismo para alcanzar el objetivo íntimo.
Esta historia básica, compartida tanto por la víctima como por el victimario, se resuelve diferencialmente: represión del enojo, con más obediencia y sometimiento en la primera, actuación del enojo, con dosis mayores de violencia y castigo en el segundo.
La violencia ejercida por ciclos (Walker, 1979), la intermitencia, lo súbito del maltrato y el poder mayor de una de las partes, genera un vínculo traumático que mantiene atrapada a la víctima, la cual no puede romper este dinamismo una vez instalado en la relación. (Harlow. 1971; Dutton, Painter. 1981) De esta forma se refuerza el fenómeno de la Indefensión Aprendida: la persona por más que lo intenta no logra evitar el maltrato, siente que ha perdido el control de su vida, no puede manifestar sus sentimientos ni pedir ayuda, se anestesia emocionalmente para poder sobrevivir y deja de hacer esfuerzos entregándose a lo que venga. (Seligman. 1975, 1976) A ello se agrega el Sindrome de Estocolmo, estado de sintonía afectiva del sometido con quien controla y domina la situación. Se caracteriza por el apego dependiente y la identificación defensiva que desarrolla la víctima cuando su vida depende del victimario. (Bettelheim. 1943; Pascal. 1974; Rodriguez Manzanera. 1990; Dutton, 1997) Ello aclara, en parte, la justificación y defensa, la negativa a denunciar o retiro de denuncia, etc. que suele hacer la víctima llevada por sentimientos de culpa, deslealtad y traición, los cuales bloquean el recuerdo de los ataques sufridos, favoreciendo la retractación y/ o minimización de los hechos.
En apretada síntesis, éstos y otros fenómenos constituyen lo que se ha descrito como un estado de esclavitud psicológica, que priva a un ser humano de la capacidad y/o voluntad aptas para romper este tipo de relaciones. (Bettelheim. 1943; Ferreira. 1989; Dutton, Painter. 1981, 1993) Pueden compararse con las que se establecen entre el lider de secta y sus seguidores, o entre el captor y sus rehenes: lavado de cerebro, control mental, inducción de culpa, alternancia de premios y castigos, reducción a la servidumbre, idealizacion del victimario, autohipnósis de la víctima, estados de exaltación, supresión de la autonomía e individualidad, menoscabo y sustitución de la identidad mediante apodos denigrantes, desconfirmaciones y omisiones, etc.
Cabe aclarar que la violencia unidireccional del victimario y el sometimiento de la víctima no surgen de la relación en sí, sino que se establece a partir de y favorecida por el entrenamiento de ambos - uno a ejercerla y otra a someterse- originado en las experiencias vividas en sus familias de origen. Tales situaciones se imprimen en su personalidad como necesidades afectivas insatisfechas y como tendencia a depender de otro/a. Tal bagaje se refuerza por las respectivas socializaciones genéricas, masculina y femenina. Según las mismas, las heridas emocionales tienden a:
- ser reprimidas por los hombres y la sobrecompensación de su inseguridad se realiza a través de conductas violentas con las cuales reclaman atención, adquieren protagonismo, someten o castigan a sus parejas
- ser expresadas por las mujeres como conductas de sumisión, tolerancia y justificación del maltrato proveniente de sus parejas, dado su temor a quedar solas, incompletas y desamparadas emocionalmente.
Tal patrón sintético y típico - aunque extremadamente complejo- que sigue el cuadro de Violencia Conyugal sumado a los factores de riesgo que pueden conducir a un desenlace fatal, permiten llegar a comprender el desarrollo y culminación de las relaciones de maltrato. Y se produce como resultado de ordenar e integrar:
· los datos más relevantes de la historia familiar de cada uno
· los malos tratos y abusos experimentados en la infancia por ambos
· los perfiles personales resultantes
· los antecedentes de las relaciones de pareja previas de ambos
· el contexto y las caracterìsticas del inicio de la relación
· la instalación y desarrollo de las diferentes formas de abuso
· las alternativas, dinamismos y fenómenos que caracterizan la relación
· los principales episodios de violencia emocional, física, sexual, financiera y ambiental
· la cantidad de años de convivencia y el deterioro acumulado
· el estado actual de la relación
· el contenido de las intimidaciones más recientes
· la percepción intuitivo-cognitiva de la víctima respecto del futuro inmediato
· las modalidades y/o intensidad alcanzada por los factores de riesgo acumulados para llegar al homicidio de una de las partes
· la falta de conocimiento, prevención y asistencia adecuada de parte de los/as profesionales y/o de las instituciones
La comisión de un homicidio ejecutado por una de las partes de la relación depende de la existencia de varios factores de riesgo tales como los siguientes:
a) RIESGO DE HOMICIDIO COMETIDO POR LA VICTIMA HABITUAL
1. grado e intensidad de la violencia recibida
2. amenaza extrema para la propia vida
3. capacidad de respuesta luego de una victimización prolongada
4. amenaza para la vida de terceros de quienes se siente responsable
5. comprobación de la capacidad de cumplir las amenazas emitidas por el victimario habitual
6. experiencias previas de intento de homicidio contra ella
7. vivencias de muerte por asfixia, estrangulamiento, acorralamiento, etc.
8. reiteración de situaciones límite
9. incapacidad o imposibilidad física y/o emocional de pedir ayuda
10. aislamiento, encierro y/o cautiverio bajo vigilancia
11. violencia sexual contínua
12. grado e intensidad de la exposición a intimidaciones y torturas
13. intensidad de las amenazas, de la visualización y experiencia de ser atacada
14. impotencia y/o fracaso en frenar la situación de otro modo
15. fisuras en la dependencia emocional
16. ruptura de la trama defensiva que permite soportar y sobrevivir al maltrato
17. intensidad de la vivencia de desamparo frente a pedidos de ayuda que
no recibieron la respuesta adecuada de parte de la familia, amigos,
profesionales, instituciones, etc.
18. intensidad de la frustración ante la incompetencia y/o falta de
protección proveniente del entorno inmediato y mediato
19. sentimientos de estar expuesta al peligro sin percibir una salida
20. sensación de emplear las últimas energías para resistir el ataque
21. conciencia de soledad y aislamiento por la carencia de una red o
sostén social
22. estado de shock y efectos de stress postraumático
b) RIESGO DE HOMICIDIO PERPETRADO POR EL VICTIMARIO HABITUAL
1. historial de violencia en la familia de origen
2. grado y modalidad del maltrato recibido en la familia de origen
3. abuso sexual recibido en la familia y/o fuera de la familia
4. características predominantes y tipo de personalidad abusiva
5. profundidad de la imagen negativa de sí mismo
6. grado de expectativas elevadas y poco realistas respecto de la pareja
7. existencia de antecedentes criminales
8. antecedentes o existencia de adicciones al alcohol y/o sustancias
9. grado de aislamiento social e inhabilidad para comunicarse
10. grado de stress al que está sometido por diferentes causas
11. desempleo, crisis financiera, desprestigio laboral
12. antecedentes de violencia en parejas anteriores
13. antecedentes de abuso sexual a menores
14. frecuencia de la violencia ejercida en la relación
15. intensidad del contraste entre conductas seductoras y violentas
16. grado de actitudes celosas, controladoras, posesivas e inquisidoras
17. grado de rigidez de las conductas defensivas
18. grado de tolerancia a la frustración, la vulnerabilidad y la pérdida
19. intensidad de la atribución de culpa a la pareja
20. intensidad y duración de la rumiación mental culpando a la pareja
21. grado en que se percibe a sí mismo como perjudicado
22. grado de capacidad de intimidación
23. grado de capacidad de represalia
24. capacidad de destrucción de objetos
25. amenazas de muerte reiteradas
26. amenazas de muerte extendidas a hijos/as y/u otros
27. frecuencia e intensidad de la violencia en aumento con el tiempo
28. tendencia creciente de la violencia física
29. expansión de los episodios de violencia a espacios públicos
30. expansión de los episodios de violencia delante de testigos
31. extensión de la conducta violenta a otras personas
32. posesión de armas
33. utilización de objetos y/o armas para atacar
34. dormir con las armas al alcance de la mano
35. portar armas reglamentarias por motivos profesionales
36. escenificación y práctica de torturas emocionales y/o físicas variadas
37. intentos de homicidio previos
38. existencia de violencia sexual
39. antecedentes de haber provocado aborto por golpes
40. ideación suicida
41. estado de salud psicofísica
42. depresión cíclica
43. intensificación del humor cíclico taciturno/ furioso
44. comentarios a terceros sobre ideas de suicidio y/u homicidio
45. rechazo o separación iniciada por la pareja
46. intensificación de las conductas de control, de hostigamiento y de
47. persecusión sobre la víctima a partir del rechazo o la separación
48. grado de conciencia de la propia impunidad por el fracaso de los límites
externos y/o la inoperancia profesional y/o institucional
Estos factores de riesgo configuran el potencial letal -grado de peligrosidad- que puede diagnosticarse en un caso dado, luego de organizarlos desde un abordaje ecológico multidimensional que evita reduccionismos y minimizaciones, teniendo en cuenta los niveles personales, familiares y contextuales. (Ferreira. 1992)
Es la particular constelación de factores en cada caso lo que nos indica los posibles desenlaces. Pero también nos enseña la intensidad del stress al que está sometida una persona y a evaluar el grado de interferencia que la victimización ha producido en sus capacidades cognitivas, emocionales y conductuales.
El mapa que surge de la integración informativa antedicha nos orientará en la búsqueda inmediata de estrategias preventivas.
EXPECTATIVAS FRENTE A LA VICTIMA: UN DESAFIO AL COMPROMSO PROFESIONAL
Más allá de los obstáculos externos debidos a la carencia de concientización y preparación institucional y profesional, de políticas sociovictimológicas para Violencia Familiar, de recursos de emergencia como refugios, etc. es necesario poner de relieve los obstáculos internos de la víctima. Por su especial situación, el hecho de que consulte o pida ayuda no significa que esté en condiciones de recibirla y llevarla a la práctica, dados su deterioro, su depresión, su falta de energía, su desvalorización, su ceguera hacia alternativas, su incapacidad de evaluar el peligro, su desconfianza, su pensamiento mágico, su estructura defensiva. Sin embargo, no hay que confrontar ni derrumbar esta estructura pues le ha servido para sobrevivir en el caos familiar. Significa que la víctima colabora, poco y relativamente, en función del grado de daño acumulado y la rigidez de sus creencias como para flexibilizarse ante las alternativas que se le presentan.
El recibir maltrato, como estilo de vida instituído, anula la capacidad de reacción autoprotectora, condiciona la adaptación a las reglas de juego del poder ajeno y desactiva la alarma frente al riesgo, transformado en ingrediente común y rutinario durante años.
No hay lógica, razonamientos ni argumentos en cuanto al peligro que disuelvan la trampa de justificaciones, sometimiento e indefensión en la que está enredada. Existe en ella una percepción discrecional que no sigue los parámetros comunes, soportando situaciones que otras personas, con historia y recursos diferentes, no tolerarían.
Resulta útil saber que, en general, así se presenta la plataforma de la cual partimos para intervenir. Sólo se puede operar conociendo los obstáculos e implementando actitudes positivas. Esto requiere un gran respeto por las acciones desarrolladas por la víctima para sobrevivir.
En la realidad vital signada por el maltrato no hay lugar para la figura abstracta de la definición jurídica -"sujeto pasivo del delito"- sino que la víctima es sujeto activo de estrategias de supervivencia constantes, aunque no le hayan proporcionado una solución definitiva. Conviene pues, poner entre paréntesis nuestros juicios de valor al respecto y las tendencias condenatorias - a veces encubiertas en mensajes más o menos sutíles- para centrarnos en capitalizar esa energía, reencauzarla en direcciones constructivas y poner en marcha la recuperación de su identidad, autovaloración y capacidad plena. Se trata de un proceso de desvictimización y restauración de la autonomía personal.
Lo que nos guía es la confianza básica en que allì, a pesar del deterioro y la indefensión, hay una persona pugnando por otra forma de vivir y un potencial que se actualizará progresivamente dando lugar a transformaciones asombrosas -a veces en muy pocas semanas- cuando se ha focalizado bien la tarea. Romper el aislamiento, reinstalar redes de soporte con personas enteradas de lo que sucede, favorecer el desahogo y comprensión, pensar y establecer consensuadamente pasos a seguir, son algunos de los movimientos que comienzan a ablandar las defensas de la víctima.
El tiempo limitado por la urgencia y el riesgo, marca el tipo de abordaje. De allí la necesidad de las intervenciones en equipo y en grupo de pares como estrategia de inmersión masiva de la víctima en otro tipo de estímulos, modelos, identificaciones, mensajes, creencias.
El contexto que se le brinda ha de facilitarle la sintonía con algo anhelado pero que nunca consiguió: aceptación de su persona sin juicios de valor, apoyo, protección, seguridad, confianza y gente que no necesita que la víctima se esfuerce dando explicaciones pues ya saben cómo es vivir en un clima de violencia y a qué extremos conduce. Ninguna intervención tradicional proporciona tales experiencias.
El grupo y equipo facilitan desestructurar, de a poco y de manera no cruenta, tanto las defensas como la interacción habitual de la víctima: sola frente a otro que ejerce el poder, la define y la controla. Si se implementan entrevistas individuales han de realizarse con -al menos- dos personas capacitadas, pues no conviene recrear el tipo de vinculo dependiente y de autoridad unilateral al que está acostumbrada. Pero también porque es necesario integrar esfuerzos y compartir la responsabilidad de evaluar y formular estrategias de prevención.
EL CONTEXTO Y LAS CUALIDADES DE LA TAREA CLINICO-VICTIMOLOGICA
El abordaje multidimensional y multimodal (Slaikeu. 1990; Ferreira. 1992) -con enfoque victimológico y perspectiva de género- permite operar sobre distintos aspectos de la persona y sus contextos, con recursos técnicos múltiples, sin confrontar pero con una relajada firmeza, en momentos en que las/os especialistas asumen la responsabilidad de diagnosticar el riesgo que la víctima, por lo común, no consigue calibrar dada su rutinización y anestesia frente al peligro cotidiano.
Es necesario hacer una breve referencia a las contraindicaciones en el abordaje respecto a implementar a)terapias familiares y/o de pareja en cuadros de Violencia Conyugal; b) modelos que busquen sólo causas inconscientes, culpabilicen, intimiden, la pongan en un mismo nivel de responsabilidad que el victimario, internen y/o mediquen a la víctima; c) profesionales improvisados, no especializados.
El trabajo grupal de víctimas con la coordinación de un equipo capacitado instala un tiempo y espacio diferentes: la víctima es protagonista y destinataria central de estímulos de valoración y protección. Ello establece una sintonía con sus arcaicas carencias insatisfechas, permitièndole una gradual comodidad, empatía y confianza. La fuerza constructiva de tal posibilidad de anidación emocional comienza a contrarrestar la creencia de la víctima en la onmipotencia de su victimario y empieza a nutrirla con la sensación de su propio poder emergente.
Desde una intervención clínico-victimológica en la urgencia se pretende conocer a fondo la situación de la víctima, procurar los recursos más convenientes para la desvictimización y recuperación como persona de pleno derecho en su conciencia y en su ejercicio, con la mayor eficacia en la menor cantidad de tiempo posible.
Se trata de iniciar la prevención y reversión tanto de la posibilidad de homicidio físico expeditivo, como del proceso de homicidio simbólico constituído por el maltrato crónico, ya que destruye la identidad y anula las capacidades en base a lentas agonías que deterioran la salud y disminuyen la expectativa de vida.
A partir de un rol activo-directivo y periférico -no autoritario- de quienes intervienen, se orienta la investigación de las dimensiones contextuales e individuales del problema planteado por cada caso.
Las aplicaciones clínicas tienen una guía en la ley de Hansel: "la efectividad de un servicio de intervención en crisis aumenta de modo directo en función de su proximidad tanto al tiempo como al lugar del incidente de crisis" (Hansel. 1976) por lo tanto la actuación no debe estar supeditada a turnos o listas de espera que incrementen negativamente la impregnación de resistencias de la víctima. El énfasis está puesto en la capitalización de la oportunidad para reducir el peligro y de la motivación de la persona al concurrir a un centro de asistencia.
Los objetivos que orientan el proceso son:
a) proporcionar apoyo, información y esclarecimiento en un ámbito de calma, seguridad y sostén afectivo
b) diagnosticar el potencial homicidio-suicidio del víctimario y de la víctima, de acuerdo al listado de factores de riesgo (enunciados ut supra)
c) observar y evaluar la capacidad de enfrentamiento de la víctima ante a la tarea, para implementar la metodología a seguir en función de su estado emocional, el grado del control mental al que está sometida por su victimario y las vías de acceso más facilitadas para lograr su cooperación
d) sondear las alternativas de desactivación buscando las posibles soluciones, tanto simultáneas como por etapas, a nivel físico, emocional y de seguridad externa, detectando los recursos que funcionan y los que no funcionan en su entorno inmediato y mediato
e) establecer pasos graduales, concretos y realistas, construyendo un mapa de recursos y alternativas, acompañados de un convenio mutuo de acciones a seguir
f) construir enlaces con diversas fuentes de asistencia, acompañamiento y
protección, dentro-fuera de la familia y otros posibles entornos institucionales, implementando el uso del teléfono y/o la presencia rotativa o por turnos de personas con roles de testigo y resguardo
g) dar asesoramiento legal solo si la víctima está en condiciones emocionales de recibirlo, previniendo un colapso de sus capacidades de afrontamiento que pueden saturarse con datos que no puede asimilar o incrementan su temor ante exigencias y procedimientos desconocidos
h) anticipar conflictos de poder, de lealtad, de autoabandono, de otras influencias familiares, de dispersión de esfuerzos
i) registrar de forma exahustiva la historia de violencia, con asentamiento literal (SIC) de los mensajes que tengan que ver con amenazas, intimidaciones, acciones destructivas, etc. y de la escalada de episodios relevantes. dicho protocolo tiene valor de documento legal sobre cuya base se podràn efectuar denuncias, presentaciones judiciales, informes, peritajes, etc.
j) refocalización y seguimiento del proceso sobre la marcha, replanteando metas a corto, mediano y largo plazo para disminuir el daño, integrar la asertividad, reconstruir proyectos de vida, neutralizar futuras victimizaciones
El abordaje de la clínica victimológica implica una fuerte carga emocional que encuentra alivio en la cooperación dada en el seno de un equipo interdisciplinario, entrenado e integrado desde lo teórico-práctico y lo afectivo, como factores equibrantes del peso de las responsabilidades que asume.
El presente trabajo es una guía sintética y parcial de la intervención con víctimas de Violencia Conyugal. Habrá cumplido su objetivo si consigue una básica toma de conciencia de quienes lo lean hacia lo delicado y relevante de la tarea, la elección vocacional que requiere la asistencia en un contexto de riesgo y el compromiso ético con los derechos humanos de quienes están en peligro y merecen otra calidad de vida.
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LIC. GRACIELA B. FERREIRA
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